DESPUÉS DE LA VIOLENCIA

Palabras en espera

[. la pregunta que presentamos al Otro es sencilla e incontestable: ¿quién eres? (…) La respuesta no violenta vive con su desconocimiento del Otro frente al Otro, ya que mantener el vínculo que plantea la pregunta, resulta en último término más valioso, que conocer de antemano lo que tenemos en común.

 

Judith Butler .]

JORNADA REFLEXIÓN CONJUNTA

Lugar: Centro Cultural de España - 27 abril 2011

A partir de las reflexiones parciales con los distintos agentes, se propone un encuentro conjunto para abrir y aportar a las reflexiones y cuestionamientos vigentes en este tema. [+]Leer

JORNADA REFLEXIÓN - SOCIEDAD CIVIL

Lugar: Centro Cultural de España - 22 marzo 2011

Jornada reflexión con los distintos agentes que trabajan en organizaciones civiles dedicadas a la problemática de la mujer maltratada. [+] Leer

JORNADA REFLEXIÓN - AG. JUSTICIA

Lugar: Centro de Justicia - enero 2011

Jornada reflexión para compartir primeros resultados de nuestro trabajo con las personas de distintas instituciones de Justicia que reciben casos de violencia. [+] Leer

Volver al testimonio, detenerse en la vulnerabilidad PDF Imprimir Correo electrónico

Una de las búsquedas que ha movido especialmente las prácticas artísticas es la de la superación de la anestesia de la vulnerabilidad al otro propia de la política de subjetivación en curso. Es que la vulnerabilidad es condición para que el otro deje de ser simplemente un objeto de proyección de imágenes preestablecidas y pueda convertirse en una presencia viva, con la cual construimos nuestros territorios de existencia y los contornos cambiantes de nuestra subjetividad. (Suely Rolnick)

“El cuerpo implica mortalidad, vulnerabilidad, agencia: la piel y la carne nos exponen a la mirada de los otros pero también al contacto y a la violencia”
“Todos vivimos con esta vulnerabilidad particular, una vulnerabilidad hacia el otro que es parte de la vida de cuerpo” Judith Butler

 

“No hay un victimario si no hay una víctima, si no hay alguien que esté esperando”


Este fragmento, sintetiza como pocos, la multiplicidad de problemas que convergen en torno al concepto de víctima de violencia doméstica. Muchos sentidos de este testimonio se despliegan, al escucharlo.

 

Tal vez lo más evidente es que describe el carácter relacional –en el sentido de vínculo afectivo entre víctima y agresor- de este tipo de violencia, cuestión que le otorga una singularidad respecto de otros tipos de violencia y que constituye justamente el punto donde se puede volver inasible, para el sistema penal y para el sistema institucional en general, o al menos el punto que puede alimentar muchas confusiones.

 

Si la violencia es relacional, si se constituye en una relación, ¿cómo podemos pensar a una víctima sin pensar a ese otro, incluso sin considerar a ese otro, en el malestar que encarna, actualizado y referido de diversos modos en el relato de una mujer? ¿cómo pensar lo relacional en sí mismo, sin reducirlo a una interacción de estos dos individuos?

Al ser escuchado desde la posición de quien la enuncia, esta afirmación refiere el compromiso subjetivo de una mujer respecto de su condición de víctima. Que esa posición no es sólo una consecuencia lineal de algo que le hacen. Esto, que para los clínicos puede ser una obviedad, para el sentido común, aún apunta a un aspecto de las mujeres (si no de la subjetividad en general) que resulta incomprensible. ¿Por qué se queda, por qué tolera? Este compromiso subjetivo, esto incompresible, que produce a veces rechazo y rabia en quienes rodean a una mujer victimizada, es el punto que mejor tensiona las visiones simplificadoras de una víctima, por ejemplo, cuando se la piensa  como alguien que –en tanto víctima- no tiene nada que ver con el sufrimiento que padece. Es tal vez el punto que más ha sido simplificado -o castigado en algunos casos- por los discursos políticos, técnicos, terapéuticos, psicológicos o institucionales sobre la mujer maltratada.

 

Luego, al ser escuchada como la palabra de una mujer que cortó una relación violenta, puede ser visto justamente como un gesto de salida. Es decir, que enunciar esa participación en su victimización, ver su propia posición frente al otro, dejar de reconocerse en esa posición, sentir frente a ésta, extrañeza o incluso vergüenza, puede ser entendido como una condición que hizo posible a esa mujer cortar esa relación y una serie de otras experiencias a partir de este corte.

 

Este gesto, puesto en diálogo con los testimonios de los “expertos” y luego, éstos en tensión con el contexto socio-cultural actual, hace una perfecta síntesis con la noción de que el cambio que se busca en las mujeres debe ser psicológico, personal, íntimo, puesto este nivel de cambio como condición de que los otros factores que influyen en su proceso de salir de la violencia funcionen. Si esto no pasa, no pasa nada.  Hay aquí una valoración de este nivel individual, que absorbido en el discurso social del individualismo puede amasar una perversa relación entre este gesto subjetivo liberador y el potenciamiento de una creencia en  el poder del individuo, en sus capacidades y potenciales, que pueden sobreponerse a contextos adversos ahorrándose la crítica a esa adversidad social y desvalorizando (al omitirlo) la necesidad del otro, o de los vínculos sociales.

 

Pero también esa afirmación puede rozar ciertos peligros, que surgen siempre ligados al tránsito de la experiencia personal de una mujer, hacia lo social. El gesto de responsabilizarse respecto de su victimización tiene consecuencias, que muchas veces trae aparejada la desresponzabilización del agresor, cuestión visible en casos judiciales, donde la justica no tiene como traducir la diferencia entre la responsabilidad psicológica (en este caso el compromiso subjetivo de una mujer con su posición de víctima) y la responsabilidad jurídica. Podemos decir que este gesto, que abre posibilidades de libertad para una mujer, puede caer en una significación social totalmente contradictoria, puede volcarse en contra de ella, sumándose a la tendencia social de complicidad con los agresores.

 

Para volver al valor de esta afirmación, todos los testimonios recopilados van a mostrar una posición distinta frente a esta pregunta por la propia participación de cada mujer en su historia de violencia. Avergonzarse de ser una víctima, no reconocerse como una víctima, lograr verse como una víctima.

 

Podemos formular en este punto una hipótesis: si es que es posible establecer una diferencia entre el discurso de una mujer que permanece dentro de una relación violenta y una que ha salido de ella, son las preguntas que las rondan, todas centradas, muy centradas, en torno a esa posición propia frente al otro. La diferencia que hace el gesto de interrogar la propia posición.

 

Yo pienso a veces, yo pude tirarle un tronco encima, cuando me perseguía, pude correr, me pude salvar, pero cuántas mujeres no tienen esa suerte, a cuántas mujeres simplemente las matan
Yo, cuando la jueza dijo… lo condeno por violencia, ahí dejé de ser víctima. Pasé a ser un ciudadano al que le habían trasgredido sus derechos. Fui una víctima de él, pero lo condenaron por eso.
No me gusta simplemente la palabra, “víctima”, porque no quise serlo y me tocó, eso es lo que no puedo explicar
me  había acostumbrado a ser una víctima y me di cuenta que no, que era fuerte y que en realidad ya no le tenía miedo

La palabra víctima surge en todas las entrevistas, pero podemos enunciar, sino muchas, más de una posición frente  a ésta. Una mujer puede no identificarse en absoluto con esa imagen. No soy eso que dicen que soy y esto tiene dos caras opuestas: desconocer su propia condición, justamente como condición de permanecer dentro de un régimen de violencia; o una resistencia a esa identificación que habla mas bien de estar ocupando, frente a la violencia, otra posición.

 

También aparece con claridad la necesidad de esa palabra, justamente como una imagen que se requiere para poder ubicarse y reubicarse frente a la violencia. Algo así como una imagen que permite hacerse visible para sí misma y para un otro, como condición para salir de ahí.

 

Subrayamos aquí dos cuestiones: primero que así como el uso de la palabra víctima puede hacer perder poder, asentar la victimización, puede gatillar una pregunta subjetiva, justamente con el poder de cuestionar esa posición pasiva, desubjetivada y abrir con ello la posibilidad de otra vida concretamente. La segunda, es la referencia a los otros. La permeabilidad de la propia mujer a los otros y la de éstos respecto de ella, será un soporte donde ocurra la posibilidad de otro agenciamiento.  Aquí cuestionamos entonces el acento en el poder personal, para situarlo en y con otro. “La agencia individual está ligada a la crítica social y a la transformación social” (Judith Butler). ¿cómo abordar que el agenciamiento de las mujeres no caiga en un discurso de exaltación del poder individual, que desconoce la necesidad del otro y la necesidad de la crítica a los sistemas sociales que nos referencian?

 

La referencia a la noción de víctima es reiterativa y sistemática. ¿Es la noción de víctima la única imagen disponible para las mujeres que viven violencia en la pareja? ¿es la única imagen disponible que les permite entrar en los circuitos sociales, para poder salir de la violencia?

 

Finalmente ¿cómo es que la pregunta por la victimización ha reducido/ absorbido la pregunta por las diversas relaciones de las mujeres a la violencia y cómo éstas han quedado taponeadas por el énfasis que se ha hecho sobre la victimización?

 

 

Comentarios  

 
0 #1 Monica Gifreu 16-09-2011 00:26
esta es una prueba de la administración web
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